¡ A jugar !

10 junio 2015
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No es de extrañar que a día de hoy los padres, con toda la buena intención del mundo, sustituyan el tiempo  de juego libre de sus hijos por lo que ellos consideran actividades más valiosas de aprendizaje como música, deporte o idiomas. Sin embargo, numerosos estudios confirman que jugar durante la infancia resulta crucial para el desarrollo social, emocional y cognitivo de los más pequeños.

Hoy por hoy, el juego libre está perdiendo peso dentro de la infancia de los niños. De hecho,  en los últimos 30 años, los más pequeños dedican a jugar libremente una cuarta parte menos de tiempo. La mayoría de los psicólogos afirman que jugar aporta beneficios duraderos durante toda la vida adulta.  Una juventud privada de juego desestructurado e imaginativo deteriora el desarrollo social, emocional y cognitivo normal, creando adultos ansiosos, infelices e inadaptados socialmente.

Actualmente, se considera un juego a aquella actividad repetitiva y voluntaria desarrollada en un ambiente relajado. El elemento clave es que la actividad no tenga una utilidad evidente, es decir, que carezca de un objetivo claro. Los juegos con unas reglas claras pueden ser divertidos y ser una buena fuente de aprendizajes pero en comparación con el juego libre, el cual no tiene unas reglas establecidas previamente, permite reacciones más creativas. Este tipo de juegos favorece un mayor desarrollo cerebral, ya que les permite utilizar la imaginación. El juego libre lo inicia y crea el propio niño. Veamos más concretamente los beneficios del juego libre:

– Desarrolla las habilidades sociales: A partir del juego, los niños interactúan con sus iguales y aprenden lo que está aceptado y lo que no, aprenden a ser justos, esperar su turno y tener en cuenta los deseos del compañero.  Además como se lo pasan bien, no se rinden con tanta facilidad como cuando se enfrentan a un problema matemático, por lo que desarrollan la constancia y la negociación. Para que el juego se desarrolle agradablemente deben comunicarse adecuadamente con sus pares, lo que a su vez favorece los lazos afectivos y compañerismo. En el juego libre donde no hay ni reglas ni contextos, son los propios niños los que tienen que definir claramente aquello que no está presente para que su compañero entienda a lo que se refiere. Numerosas investigaciones realizadas con roedores demuestran como la privacidad de opción a juego en etapas clave, crea ratones adultos menos sociables.

– Alivia el estrés: Jugar es importantísimo para la salud emocional de los niños, ya que les libera de la posible presencia de ansiedad y estrés. Los niños, a través del juego imaginativo, crean fantasías que les ayudan a lidiar con situaciones difíciles. De hecho, muchos autores opinan que el juego es un buen “amortiguador social”.

– Desarrolla numerosas habilidades cognitivas: Por todo lo dicho hasta ahora se desprende la idea de que el juego libre e imaginativo favorece el pensamiento creativo y la solución de problemas.  Los niños que exploran los objetos cotidianos jugando con ellos de forma poco habitual desarrollan su creatividad. Mediante el juego se favorece la flexibilidad conductual ya que permite experimentar cosas nuevas.  Jugar también ayuda al desarrollo del lenguaje. Un estudio demostró como los niños que jugaban con bloques de construcción obtenían mejores puntuaciones en pruebas de lenguaje que aquellos que no habían tenido esa oportunidad. Por lo tanto, el juego es una buena oportunidad para aprender a manejar situaciones inesperadas o nuevos ambientes.

Nunca es tarde para jugar. Jugar también ayuda a mantener el bienestar emocional y físico de los adultos. Un ejemplo de esta incorporación del juego en la vida adulta es la oficina de Google en Suiza. Si buscamos fotografías de estas oficinas, ¡no sabremos si se trata de un lugar de trabajo o de un parque para niños!. Como ya sabemos, los adultos que no juegan pueden acabar quemados por el estrés sin descanso en el que se encuentran. Si no somos ya tan niños, ¿cómo podemos incorporar el juego en nuestras vidas?

– Juego corporal: actividades de movimiento activo que no incluyan presiones de tiempo o expectativas de resultados.

– Juego con objetos: actividades que tengas que utilizar las manos para crear algo divertido pero sin objetivo concreto.

-Juego social: quedar con otras personas para realizar actividades sin propósito aparente.

Por lo tanto, no debemos considerar el juego como lo opuesto al trabajo sino como un complemento. La curiosidad, la imaginación y la creatividad son como los músculos: “si no se usan, se pierden”.

Referencias: Pellegrini, A.D., Dupuis, D. y Smith, P.K. (2007). Play in evolution and development. Developmental Review, 27 (2), pp. 261-276. Wenner, M. (2011). La importancia de jugar. Mente y cerebro, 46, pp.37-45.